Han pasado cuarenta años desde aquella madrugada del 13 de noviembre de 1985, cuando Armero quedó marcada para siempre en la historia de Colombia. Cuatro décadas después, el recuerdo sigue vivo, no como una herida abierta, sino como una enseñanza profunda sobre la vida, la fuerza y la capacidad de renacer de un pueblo.

Armero no es solo una historia de dolor; es también un símbolo de esperanza. Las lágrimas se transformaron en raíces, y de entre las cenizas surgió Armero Guayabal, con hombres y mujeres que han construido nuevamente su tierra con fe, trabajo y amor.

Hoy, al conmemorar los 40 años de la tragedia, rendimos homenaje a las más de 25 mil almas que partieron, y también celebramos la valentía de quienes quedaron para levantar el nombre de esta región. Recordar no es revivir la tristeza, sino mantener viva la memoria para que nuevas generaciones comprendan la importancia de cuidar la vida, la naturaleza y la historia.

Desde Armero Guayabal, enviamos un mensaje de unidad: que esta fecha no solo sea un momento para llorar, sino también para reafirmar nuestro compromiso con el futuro, con el desarrollo, con la paz y con el amor por esta tierra que, pese a todo, sigue floreciendo.

Armero vive, porque su gente nunca se rindió.